No existe el bueno y el malo,
únicamente existimos porque el espejo nos refleja.
Sin embargo aceptamos que así fueron dispuestos
los papeles.
Acaso tú eres el ángel de la guarda,
el cómplice amoral de una causa ajena
a nuestros ojos,
mientras yo soy, probablemente,
el coautor de un delito inverosímil,
el bandido,
el salteador de los caminos que conducen a Roma,
o de repente soy -quién sabe- nada más
que el traidor
o el héroe al revés.
Tú, ángel mío, has construido sobre mis muros
una biografía transparente;
yo, en cambio, te cubro de rencores
o de nada.
¿Será acaso que existimos el uno para el otro?,
¿qué nos amamos con asco?,
¿qué no odiamos con piedad?
Sospecho que la fuerza que nos da la identidad
es juez y víctima,
verdugo y salvador de una fantasma
de nombre impronunciable.
Por fortuna somos ambiguos y engendros de
nosotros mismos.
Por eso los papeles se trastocan,
por eso nos convertimos en el otro.
por eso soy capaz de tener piedad,
de sentir afecto, de tener asco,
y finalmente ser inmaculado.
Algo que es tuyo es mío a la vez,
por ejemplo estas grafías,
el impulso de esta mano.
La actuación es paralela,
el que padece se repite
en el ojo de su propia cerradura.
Entones quizás nadie ha de saber nunca
quien se hace el examen
de conciencia,
si él o yo,
si el ángel o el demonio,
o nadie.