Me dejaste con las ganas
ANGEL GAVIDIA

Putamadre, choche, tú no sabes. Fue como volver a nacer. O como asistir a tu propia muerte estando bien despierto, bien mosca, cuñao. Hubiera preferido mil veces estar huasca; pero así, con los ojos y oídos bien abiertos, es bien jodido causa. Y tú sabes que yo no soy cualquier huevón. Que soy macho cuando hay que ser macho. Pero esa mañana, francamente, se me arrugó la hombría.

Y todo fue por las hembritas y por esta afición que se pegó a mi familia desde el tatarabuelo de mi tatarabuelo y quizá más atrás. Porque mi abuelo fue cantor de capilla y su abuelo también, y yo salí para la música como el ajiseco de Florián para la bronca. Y no sólo el violín de mis abuelos, sino también la tuba, la quena, la guitarra, la trompeta. Puta, y cuando digo trompeta se me escarapela el cuerpo y me dan ganas de vomitar, compadre.

Yo no tenía por qué volver al caserío, si en Lima estaba bien. Tú sabes, no faltan los tonos de fin de semana. Que una pollada, que una parrillada, que la reina de la primavera y allí estaba yo haciéndome de rogar para alegrar la fiesta, y trago por acá y combo por allá y propinas al bolsillo y todo bien bacán hasta el próximo sábado, y, entre semana, el quinceañero de la vecina, el matrimonio del pata de al lado y quién si no yo para ponerle música al momento. Pero, por esas trampas que tiene la vida, un día los malos vientos me trajeron noticias frescas de Felícita; entonces se me metió la nostalgia y, como decía el abuelo: "¡Dale otra vez la burra al trigo!", me volví, chochera.