Muerte en Manhattan
JORGE VALENZUELA

El décimo Laurent Perrier, cosecha del 65, que empezaba a albergar su alargada copa y, aquellas burbujas que se alborotaron hasta el borde y luego descendieron con la misma rapidez con la que habían subido, le recordaron a Tanaka una vez más que estaba viajando a Nueva York para comprarle un regalo al presidente por su cumpleaños.

La primera clase no estaba mal: había gente bien vestida y, al parecer, educada; buena comida en la carta, buen champán y unos asientos electrónicos, totalmente reclinables, con pantalla móvil individual y programación de cinco películas.

Acercó la copa a sus labios y trató de no pensar. Sólo se dejó llevar por el sabor del Napoleón y por el recuerdo del grato placer que supuso el haber comido antes un caviar Sevruga y un buen solomillo de buey a la plancha.