Torokuna
DOMINGO RAMOS

Desde el palco veo al novillo babeando enterrando la arena y quedarse como un esqueleto raspado por el estío.

Su lomo es una diadema roja brillando opaca como alma arrancada por un ligero incendio.

Y tú quietita bronquita parsimoniosamente llevando tus manos al pecho diciendo que ya no hay nada que hacer, ya no hay nada que hacer la ley es la ley del que cae del que se arrima del que se inclina del que se asume del que se consume en money money se arruina o arruga ante el poder de la sangre que sale como barriles de petróleo sobre la arena porque saben que esto no es un tinku chaplinesco ni éclames que pasan por tu nuca silbando como trece balas en tu espejo, ni es la constitución de tu cuerpo apoyado sobre tus brazos. Mi corazón es el corazón del novillo brutalmente puro como la ilusión de pastar sobre mojado.