El cruel invierno cayó ese año como guillotina sobre la cabeza del patriarcado muchik. El cielo se cerró, sólo tinieblas. Pasadas las lluvias de julio llegaron las aves, miles de ellas revoloteando frenéticamente sobre las olas.
La sombra de un hombre se desplaza por el valle de Moche hacia la bahía de Huanchaco. En la cumbre del cerro Campana, lejos de los senderos frecuentados por los hombres, el jefe indio ha cavado una caverna y se ha ocultado adentro, tapándose con un entramado de hojas y ramas sobre el que ha colocado el cadáver pestilente de un escualo. Atrincherado en semejante agujero desde hace dos días, dispone su ánimo para el mágico arte de la caza.
Desde la cima del universo el águila pescadora fija su pupila encarnizada, y planeando en círculos parece decidida a descender sobre su presa. Sin embargo su instinto soberano le impide rebajarse al papel de víctima de una vulgar estratagema.