Mi tía Amalia, hermana menor de mi madre, quince años después de enviudar de un hermano de mi padre que se llamaba igual que yo -Rafael León de la Fuente, piloto de Faucett que se mató en los inmensos bosques de Loreto a los siete días de haberse casado- se unió en segundo matrimonio con un hacendado piurano solterón, gordo y sanguinolento como una tonina puesta boca arriba, cuyo máximo placer en la vida era sentarse a una mesa rústica que le armaban sus peones en uno de sus fundos bajo una inmensa palmera datilera y allí repantigado, jalar una soga que terminaba arriba anudada a la pata de un pacazo. El pacazo es el nombre piurano de la iguana, un saurio que se alimenta de frutos y tiene una predilección marcada por los dátiles. Luego del jalón el pacazo caía a tierra, el peón lo recogía y lo asaba, mientras mi tío Ismael y sus amigotes esperaban aplicándose una tras otra las botellas de whisky que había en un cajón venido de Escocia, todo eso al mediodía de jornadas cataqueñas que a esa hora fácilmente podían marcar los 42 ºC en el mes de febrero. Dicen que un pacazo alimentado con dátiles puede ser el manjar más exquisito de esta tierra porque su carne no solamente sabe a frutas dulces y astringentes sino que huele a savias asadas de color rosa.