Consideraciones sobre el ritmo
ABRAHAM VALDELOMAR

Grave y solemne iba cargando Pitágoras, sobre su cuerpo heleno y armonioso, la complicada y misteriosa máquina de su cerebro, por uno de los apartados barrios de Atenas. Era al medio día, a la hora máxima en que la Naturaleza se produce en toda su arrogante fuerza fecunda. Vibraba la luz en un ritmo tácito al quebrarse en el aire caliente que emanaba de la tierra. El filósofo había pasado la noche en el campo, cabe la húmeda hierba perfumada, enaltecida por el verso anacreóntico, echado en cruz, con los enormes ojos abiertos, en interrogación, bajo el cielo constelado y mirífico. Había buscado Pitágoras, aquella noche, desde su agreste trono herboso, la razón categórica, la ley absoluta que regía el solemne concierto estelar. Pero también aquella noche, como las precedentes, fue mudo el cielo; no reveló su verdad aquel universo poblado de luz y de silencio; no entendía aún el pensador heleno aquel lenguaje de los astros, y la aurora le sorprendió, lleno de angustia, sediento de verdad, adolorido de incomprensión, ávido de infinito. El buitre voraz de la Duda siguió clavando su agudo pico en las entrañas palpitantes de aquel cerebro encadenado.

Cansado y optimista, vagó Pitágoras desde la aurora, yendo a buscar, al medio día, un lugar apacible. Sonaba, a lo lejos, saliendo de la barriada, en los lindes de Atenas, isócronamente, el golpear de un martillo sobre un yunque macizo, en la fragua ardiente de un forjador amigo. Hacia allí fue el filósofo y en casa del obrero, bajo una enramada ensortijábanse los sarmientos de una lozana vid, sobre un poyo duro descansó. Escuchó el golpe isócrono. Al movimiento armonioso del forjador, caía sobre el yunque la pesada comba y el hierro encendido iba modelándose. Y a un nuevo impulso del obrero, un nuevo son sonaba. Y observó que lo que era impulso, transformábase en fuerza y ésta en ritmo sonoro y musical.