Un niño llegó al mundo
más solo que la primera
estrella cuando anochece.
Ningún paño lo envolvía.
Además del resplandor
de su suave soledad,
traía el don de la infancia
que tanta falta hace al hombre.
Bueyes no rodeaban al niño.
Ni burros. Puro silencio
orlaba el claro misterio
de un corazón sin pecado.
Su albor crecía en le noche
sin ofender la tiniebla.
Los pastores en el campo
cuidaban adormecidos
de sus rebaños. Los ángeles
que navegaban en el cielo
no se dieron el trabajo
de anunciarles que un niño
llegaba con un recado
de la eternidad al tiempo.
Más que tres, trescientos mil
son los magos que hoy dominan
los poderes de las mirras,
los inciensos y los oros.
Pero ninguno llegó
con ofrendas para el niño.