Yo descubrí que en Piura existían mundos diferentes al mundo del abuelo Santos el día que mamá Altemira me cambió de la escuela fiscal del maestro Zuriel Mendoza a la escuela de los Catetos de monseñor Castro, que era una escuela particular a la cual asistían no los niños ricos sino los hijos de familias decentes cuyos padres, en realidad, eran empleados de oficina y se vestían de saco y corbata. Sin asfaltar, la calle Apurímac tenía la forma de una suave colina en cuya cima estaba la casa de mi abuelo. Si se bajaba en dirección oeste la calle culminaba en grandes barrancos llenos de inmundicia donde, sin embargo, en una casucha cercada por un corralón, vivía doña Betsabé Arburquerque sola con su único hijo, un retardado mental que tenía además un brazo casi seco y una pierna algo más corta que la otra. Doña Betsabé era una mujer imponente y hombruna que vivía de la venta de leche de cabra y de la crianza de puercos. Atravesando el barranco -que era, en verdad, el cagadero público del barrio- se llegaba a una casa de mujeres de la vida y que los mayores llamaban bulín, burdel, buque o chongo. La casa la regentaba una mujer ya entrada en años, muy pintarrajeada y apodada la Sanchezcerro. Por la noche en la puerta se encendía un foco rojo y había música alegre, de baile, ejecutada por la orquesta de Juan y Felipillo. El bulín de la Sanchezcerro se hallaba en plena esquina de lo que ahora es la calle Sullana y al frente se encontraba el estadio municipal, un gran cuadrilátero cercado de calaminas que servía de separación entre el núcleo de la ciudad y el barrio de Buenos Aires, barrio que se había formado para los damnificados de los diluvios del año 25. Hacia la izquierda del chongo empezaba una zona de médanos y allí se había levantado un racimo de casuchas conocido como "el barrio de las latas", habitado por la gente más pobre entre los pobres de la ciudad.