Don Marino Aponte Adrianzén
DIMAS ARRIETA

Vestía un pantalón gris, una camisa blanca desabotonada que dejaba entrever un polo del mismo color. Colgaba de su pecho una cadena de plata con un crucifijo y una imagen de la patrona del pueblo de Huancabamba: Nuestra Señora Virgen del Carmen. Nos sentamos en la apacible banca pegada a la pared del corredor. La casa estaba pintada de blanco y tenía un falso tejado de calamina, una sala inmensa donde descansaban cerca de quince personas y al costado otra, con cientos de fotos grandes y pequeñas fijadas en la pared. También había una habitación inundada de colchones y jergas donde se descansaba, ya que los rituales duraban toda la noche.

-¿Cuál es tu cielo?, dime, te escucho- dijo el maestro.

Parapetado en el corredor de su casa, el maestro se balanceaba de un lado a otro. Como consecuencia de la faena anterior parecía que estaba borracho.

La mesada estaba prevista para las ocho en punto. Las atenciones del maestro pronosticaban una experiencia irrepetible. Poco después, nos alcanzó una lista de cosas que teníamos que comprar en el pueblo vecino. El trayecto era de quince minutos en auto. En el camino, percibimos el olor de los eucaliptos y de los verdes pastos donde el ganado pacía con tranquilidad.