Todo me gusta de ti
FORTUNATA BARRIOS

17 de junio

Esta mañana llegué a la universidad con la peregrina idea de estudiar en la biblioteca. Ocurrencia de Alejandro, por supuesto. Me moría de sueño y el frío acuoso entraba como un veneno en mis pulmones. La sola visión del edificio me desconcertó. Apenas entramos, busqué atolondrada mi carnet, pero fue en vano. Claro, imposible haber pensado en todo a esas horas del alba. No sabía qué hacer ahí dentro, pero Alejandro ya se movía como por su casa. Me entregó, todo amabilidad, la ficha de consulta que llené nerviosa: Aristóteles, Metafísica, Ed. García Yebra. Y en un gesto de solidaridad, ya que yo permanecía inmóvil, fue en busca de nuestros libros instalándose en una de las largas colas. Desde allí me sonrió con ternura. Reinaba un silencio incómodo y se respiraba un aire de plomo. Comenzaba a impacientarme. Eché una mirada hacia mi izquierda, hacia el leedero propiamente dicho. Ahí estaban alineados los lectores, como las vacas de un establo; sentados en claustrofóbicas carpetas parecían estar cumpliendo algún merecido castigo. Por nada del mundo me quedaría ahí. Sentí incontenibles ganas de fumar. Apareció Alejandro, con los libros en la mano. Le dije al oído, temerosa de que alguno de los guardianes del silencio advirtiera mi infracción, que lo vería más tarde en la cafetería. Salí disparada rumbo a la fotocopiadora, fumando un cigarro que me supo a gloria. Pero ahí -debí suponerlo- se habían dado cita los incontables vagos que en estas épocas de exámenes fotocopian cuadernos enteros. Se me ocurrió probar suerte en el jardín que queda detrás de la capilla. Hacía tiempo no pasaba por ahí. Era perfecto: solo me acompañaba la antigua estatua de la virgen, ese monumento que dos años atrás había sido testigo mudo de mi iniciación en los placeres del amor. Ahí solía ir con Gastón; ahí los primeros besos, las caricias, ahí...Tenía que detener esa avalancha de recuerdos si quería sumergirme con algún éxito en la lectura de La Metafísica. No sé cuánto tiempo había pasado cuando levanté la mirada y me vi rodeada de varias parejas que, sin pudor alguno, se entregaban a los juegos de la carne. Como mi libro y yo ya nada teníamos que hacer ahí, me retiré sigilosa del jardín de las delicias, pero con el ánimo renovado por aquella visión.