El vaporcito que me conducía, pleno de esperanzas y sediento de
aventuras, surcaba el bajo Ucayali, río que corre en el corazón de Sud
América y baña gran parte de la selva peruana. Bordeando sus dilatadas
y bajas márgenes, erguíase una vegetación exuberante y compacta,
elevada y uniforme, que acentuaba la monotonía del paisaje compuesto
del ocre bermejo de las aguas, del verde del boscaje y del añil de un
inmaculado cielo tropical.
El curso del río que atraviesa esta región de terrenos aluviales
cambia incesantemente. Cada recodo está formado por una curva que
retrocede y una casi punta que avanza con las sedimentaciones
provenientes de los desgastes que más arriba efectúan las aguas.
Cuando una curva se ha hecho muy cerrada, el río carga con la
enorme potencia de su caudal contra la orilla, socava la tierra y se traga
bosques íntegros. Muchas veces encuentra un lago en su recorrido,
curso antiguo del mismo río, ingresa en él y sale a varias leguas del
punto de penetración, formando nuevo cauce. Al principio, el terreno,
encerrado por ambos brazos, constituye una isla; pero la enorme
cantidad de arena y materias orgánicas que arrastra la corriente, cierra
con rapidez la entrada del álveo abandonado, determinando un banco
en el que crece nutrida maleza que pronto se convierte en selva
majestuosa. En la parte posterior se felina necesariamente un lago que
varía en longitud, pero que tiene constantemente la anchura del río,
debido a la obstrucción de la desembocadura, que se produce con
lentitud, dejando siempre un estrecho canal de desagüe. Por esta
particularidad, la zona del bajo Ucayali está cubierta de cochas1, motivo
por el cual algunos geógrafos la han denominado «región de los Lagos».