La primera vez que tomé ayawaskha tuve una sensación idéntica
pero más duradera: la certeza de tener dos cuerpos y verlos y tocarlos,
dos césares tumbados en el piso de la casa del brujo. Porque fue aquí
en la isla Muyuy y en la misma vivienda de Don Juan Tuesta, a los trece
años de mi edad, que me fue presentado el ayawaskha. Y sucedió. Eran
otras imágenes, otros colores pero el desdoblamiento remedaba al de
esta noche que no quiere irse. Ahora no son únicamente dos cuerpos
míos los que alcanzo, un instante sí, a comprobar, un instante no. Me
veo, por relámpagos, al costado derecho de Don Juan Tuesta, sentado
en la espintana derribada, y a la vez a su izquierda, aunque con una cara
que se aparenta mía, que lo duda y tiende a borronearse y a rehacerse
luego con facciones que reconozco y no pertenecen a mi rostro. Acepto
sin embargo que se trata de mí, como acepto que jamás alcanzaré a
explicármelo con palabras y con plenitud. Me estoy viendo, en dos
cuerpos, a ambos lados del cuerpo del brujo de Muyuy. Y recibo su
voz desde dos sitios, dos existencias, dos identidades, estamos en 1953,
dos memorias que de ser tan ajenas ya me son familiares.