AMAZONÍA

ADONIS
Francisco Bardales

En lo más íntimo del cielo
el alma de Adonis, como una estrella,
fulgura en su mansión de eternidad.
(Percy Shelley)

Sábado, once pe-eme. Es una noche indudablemente extraña. Llueve desaprensivamente, con apático volumen sobre los hombros de la ciudad. Acordes tropicales se suceden en radios, parlantes, bocinas, se reiteran en la onomatopeya que nace del subsuelo. Patitas de araña surcan mi rostro con incomodidad, súbitamente trocadas en esferas líquidas y transparentes. La aplatanada penumbra donde todo parece estar destinado ya –-aunque suene a ironía semántica–- a nada, absolutamente nada, suceder. Camino lentamente por la Plaza de Armas de Iquitos sin pensar en nada más que en esta historia de neón esmeralda. Llueve en mi estéreo Roads, de Portishead.

Click. Una cámara digital de 5.5 megapixels dispara su cañón plateado con criminal belleza, destruyendo por un instante la oscuridad.