En lo más íntimo del cielo
el alma de Adonis, como una estrella,
fulgura en su mansión de eternidad.
(Percy Shelley)
Sábado, once pe-eme. Es una noche indudablemente extraña. Llueve
desaprensivamente, con apático volumen sobre los hombros de la
ciudad. Acordes tropicales se suceden en radios, parlantes, bocinas, se
reiteran en la onomatopeya que nace del subsuelo. Patitas de araña
surcan mi rostro con incomodidad, súbitamente trocadas en esferas
líquidas y transparentes. La aplatanada penumbra donde todo parece
estar destinado ya –-aunque suene a ironía semántica–- a nada,
absolutamente nada, suceder. Camino lentamente por la Plaza de Armas
de Iquitos sin pensar en nada más que en esta historia de neón
esmeralda. Llueve en mi estéreo Roads, de Portishead.
Click. Una cámara digital de 5.5 megapixels dispara su cañón plateado con criminal belleza, destruyendo por un instante la oscuridad.