A veces, en el silencio de la noche, embebida por este paraje inculto
colmado de verde y de grandeza me pregunto ¿quién me mandó a
hacer cine en la selva? El calor aumenta como el caudal del río, y ambos
se burlan de mis padecimientos, mientras tres asistentes preparan la
cámara sacudiéndose al ritmo que ejecutan centenares de mosquitos y
alimañas voladoras. Imagino la irónica pena de Orson Welles cuando,
a pedido de Franklin Roosevelt, vino a la selva amazónica en 1942 y,
alucinado como yo, se aventuró a encender luces, prender la cámara y
entrar en acción en esta mata de vegetación privada de todo, incluso de
mundo alrededor.
Sin embargo, entiendo a Orson. La virginidad de la selva arde en
todo el cuerpo, como un virus que se inocula a través de los ojos, y
recorre las venas dejando marcas penetrantes. Y justo en el momento
en que se debe dar la vuelta a la manivela de la bolex, el asistente de
dirección me informa que la actriz protagónica no soporta más la fiebre
y que lo único que exige es estar en una clínica decente, sin arañas, sin
monos, sin loritos roji-verde-azules.