AMAZONÍA

El príncipe de los caimanes (fragmento)
Santiago Roncagliolo

Los ataúdes no son verdes en la selva. De pocas cosas se puede decir lo mismo aquí, pero las cajas de los muertos son como en todas partes, negras o marrones, de preferencia abrillantadas por una capa de barniz. Lo que sí cambia es la madera. Uno casi puede adivinar quién yace en el cajón según el material que guarda sus huesos. La caoba es para los obispos, los alcaldes, los generales, y habitualmente va adornada con incrustaciones blancas y arnillas de metal pulido. Pero de caoba se ven pocos féretros. Quienes deberían ocuparlos, por lo general prefieren morirse en Lima. Hay algunos dueños de barcos o empresarios petroleros que reposan en cedro, pero tampoco son muchos. La mayoría se conforma con el huacapu o la jagua, maderas pesadas de construcción que resisten bien la humedad del suelo sin resultar demasiado caras, para que el cuerpo no se gusanee demasiado ni arruine el bolsillo de los que quedan vivos; el dinero se debe guardar para cerveza y chicha, así el fallecido lo agradece más y los demás también. Y finalmente, hay los que se entierran sin chicha ni banda militar, los que llegan al cementerio en silencio metidos en una caja de triplay o madera balsa, de las que se usan en los juguetes y las canoas más pequeñas, un cajón donado de mala gana por algún empleado portuario a petición del capellán, para que al menos se cubra un poco el cuerpo antes de ser enterrado, después qué importa, total, nadie va a verlo. A esa categoría de muerto pertenece la madre de Miguel.